viernes, 18 de enero de 2019

CUATRO. Torturas varias: bodas y fiestas





Buenas tardes, gente bonita.
Hace muchísimo que no paso por aquí, y no porque me haya olvidado de vosotros, sino porque la vida no me da para más. Ya dije en su momento que actualizaría conforme pudiera y, aunque parezca un texto de nada, me supone muchísimo pararme a escribirlo.
Para quienes no lo sepan, por las mañanas trabajo en una editorial como editora; por las tardes corrijo textos como, obviamente, correctora, y por la noche escribo un libro como, obviamente también, camionera. No, no, escritora. Entre medias, cuando ingiero comida (porque a engullir mirando una pantalla no se le puede llamar comer), también corrijo, y a veces escribo un blog, tengo un novio, una familia y unos amigos con mucha paciencia. Dejando a un lado la limpieza de la casa y esas cosas simpáticas del día a día y añadiendo que han pasado las Navidades, fechas que me han robado horas y en las que me he acordado mucho de vosotros.

He aquí la explicación de por qué en estas fiestas, o cualquier otras, me acuerdo de vosotros:
Porque, aunque ya no ocurra lo de antaño, siempre me acuerdo de mí. De mi yo de antes que, a pesar de adorar las Navidades, la feria, los Carnavales, los (inserte aquí cualquier tipo de evento en el que se haga cualquier cosa), los odiaba. Sí, se puede odiar y amar al mismo tiempo. A los hechos me remito.

¿Os acordáis de ese día que hablábamos del infierno personificado —llamado para la gente delgada «probadores de ropa»—? Bien, pues hoy hablaremos de ese infierno multiplicado, porque la ropa que estamos buscando, por ejemplo, es para una boda. Y de por ejemplo nada, que es de lo que os quería hablar porque he encontrado una foto por ahí que, si en algún momento tienes hipo, guárdate el enlace de esta publicación para tenerla a mano y cuando te parezca entra, que ya te digo yo que se te quita.

Mientras me daba hoy una ducha he recordado aquel día a la perfección y lo he recapitulado en mi cabeza como una película. Me he visto entrando en esa tienda de Carmona con mi madre a un lado y mi cuñada al otro y enfocando, entre mucha ropa glamurosa, ese perchero escondido en el rincón izquierdo, compuesto de vestidos largos de fiesta que durante unos años se han llevado de moda. Esos de estilo romanos, de colores rojos, verdes o azules que solo cambiaban ligeramente la tonalidad (tirando a rosa o a celeste) para parecer diferentes y que costaban entre cincuenta y ochenta euros. Que por eso creo yo que la moda ha continuado años y años, a pesar de ser más feos que pegarle a un padre con la escobilla del váter.



 Bien, ya ubicados, continúo con la anécdota.

Resulta ser que enfoco el perchero, que encima está junto a los probadores, pero junto junto, de no dejarte ni analizar por el camino de la percha al infierno lo que va a ocurrir en breves momentos. Y ahí, colgando lánguidos, los preciosos vestidos.

Entonces me digo...

OBJETIVO: 

Encontrar uno para mí.
Y no me puedo poner tonta ni exquisita, que si finalmente salgo de la tienda con una bolsa, ya puedo preparar una party loca en mi casa e invitar a todos los de la universidad para emborracharnos. Si estuviera en la universidad, claro. Pero era autónoma y panadera, así que con saltar interiormente ya iba que chutaba.

CONTRAS:

- Peso 120 kilos.
- En la tienda no hay tallas especiales.
- En el mundo, todavía, no hay muchas tiendas con tallas especiales.
- Conoces tres tiendas de tallas especiales, pero solo hay leggins, blusas negras, abrigos 4x4 de tablillas y vaqueros que parecen de premamá. Ni por un asomo vestidos de fiesta. ¿Desde cuándo los gordos tienen el derecho humando de ir a una boda? ¡Por favor, qué tonterías piensas!
- Hay páginas web de tallas especiales en las que te pueden pedir que les envíes por MRW un riñón en buen estado y un trocito de corazón a cambio de un vestido precioso que, cuando te llegue a casa, puede ser, efectivamente, un vestido. Pero también puede ser un trapo de dimensiones impensables con la textura de un chubasquero de plástico. Por lo tanto, descartado.
- La tienda sigue ahí, no se ha derrumbado ni quemado.
- El probador, por ende, no se ha derrumbado.
- Como te ha entrado un pánico inexplicable, llamas a la novia para confirmar la boda. Por desgracia, te ha cogido el teléfono. Los novios y los familiares directos siguen vivos. Hay que seguir buscando vestido.

PROS:

- Sigues respirando.
- Debido a todos los contras, sobre todo el primero, acabas de descartar un 98% de los productos textiles de la tienda, por lo que podrás volver con rapidez a tu puesto de trabajo y tus clientes no se quejarán al día siguiente de que tu padre les cobró a 0,15 cént. el sobre de mayonesa del bocadillo, que en realidad cuesta 0,05 cént.
Escribo libros porque en sabiduría salgo a mi padre.

Una vez analizadas las posibilidades, te quedas ahí plantada, un paso por detrás de tu cuñada y de tu madre, que todas emocionadas sacan y meten prendas, comentan entre ellas y mueven las perchas, deslizándolas de derecha a izquierda con un golpe seco de muñeca, en plan película. Esa escena en la  que buscan un vestido espectacular para la protagonista; esa chica fea que, después de quitarle las gafas y ponerse el vestido espectacular, se convertirá en alguien espectacular y saldrá del probador entre espectaculares aplausos, caras de sorpresa, vítores y bocas abiertas.
Ya os digo yo que a mí eso no me pasó. Que salí con mis gafas puestas, mi cara espectacularmente lavada y mi roete espectacularmente mal hecho sobre todo el cogote de la cabeza. 
Lo siento por el spoiler.

Pues bien. Aparece, como un milagro de la Virgen del Tocino, un vestido azul que mi madre alza y me muestra, fingiendo una amplia sonrisa de felicidad cuando en realidad sé que quiere sacarse los dientes uno a uno y sin anestesia por tener que ver a su hija ahí metida, cual chorizo embutido. Es tan grande que con dos manos no abarca y mi cuñada tiene que emplear las suyas para poder mostrármelo entero, también con sonrisa fingida.
Acabas de convertir el 98% de posibilidades en un 99% al haber solo uno.

De reojo aprecio que en mitad de aquella enorme tienda hay una dependienta,  detrás de un mostrador, que ni siquiera ha venido a saludarnos. Ahora entiendo, años después, el pánico que esa mujer y cualquier trabajador sentirá al ver aparecer a un gordo. Por cierto, informo que dejaré de llamarnos «gordos». No por falta de realidad, que eso ya nos ha quedado claro en todos los capítulos, sino porque bastante tenemos con el/la hijo/hija de fruta de turno que nos informa, cual odiosa báscula, del aumento de nuestro peso cada vez que nos ve.
«Lástima que mis genitales vayan tapados con unos leggins negros y no puedas ver lo que me están creciendo», pensamos todos sustituyendo la palabra «genital» por «coño» o «polla», y «leggins» por «vaquero gastado», dependiendo de nuestro sexo. Por lo que desde ahora nos llamaré: Supers. Y no por supergrandes, que eres muy mal pensada, sino por supers, sin más, porque lo somos, y porque nos lo merecemos después de todo lo que pasamos día a día.

Pues eso, que ahora entiendo el horror de esa criatura a tener que acercarse y decirnos: «Lo lamento, señorita, en nuestro establecimiento no disponemos de tallas para usted», a riesgo de tener que pedirse la baja porque un cliente le ha atacado y ha acabado en el ambulatorio con una percha incrustada en la frente.
A ver, Super, que de vez en cuando tenemos que ser empáticos y ponernos en el lugar de los demás.
Total, que dejé allí tranquila a esa dependienta mientras seguramente pegaba con Loctite los dos metros medidores que tenía en la tienda, por si surgía una urgencia y tenía que tomarme medidas.
Y ahora sí, señores y señoras, vestido azul en mano (en las seis: entre las de mi cuñada, mi madre y mías) nos metemos en el probador. LAS TRES.

LAS TRES.

Que siendo justos seríamos LAS CINCO.

Ni que decir tiene que allí está el banquetito de madera (que ya sabemos para qué sirve) y el espejo donde dejarás la marca de tu frente impregnada de sudor al agacharte.
Pues bien, tras el momento MéteteElVestido y FlipaEnColoresPepinillos SuPutaMadreQuéFeoEs llega lo mejor de lo mejor, y es que AparteDeEstarComoUnaJodidaVaca el vestido TraeLaCremalleraMal.
Lo juro.
No es la típica excusa de los Supers, (que yo la he puesto varias veces), es que venía mal. Y claro, eso no es inconveniente si hay doscientos iguales, pero si solo hay uno en toda la tienda…
Pues aquí te quiero ver, Maribel. Mi madre lleva siendo mi madre toda la vida, pero mi cuñada acababa de empezar con mi hermano. ¿Qué sentiría esa muchacha cuando se vio encerrada en el pequeño infierno, conmigo y su suegra, y tuvo que hacer acopio de su valentía para subirme la cremallera sin partir el vestido y sin acusarme de gorda?
Para grabarme. Ahí, frente al espejo, ocupando todo el habitáculo, con la misma cara que si me estuvieran metiendo por el culo un váter de béisbol forrado de espinas de cactus, mientras mi madre unía los dos extremos de la tela y mi cuñada subía la cremallera bajo la presión que suponía partirla y nunca poder casarse con mi hermano. Porque, tirando por lo bajo, habría acabado en el ambulatorio con la de la percha en la frente, y eso ella lo intuía.
Y voilà!
Vestido puesto.
Así, como si nada.
Yo que me creía que no iba a tardar nada y resulta ser que a mi padre le dio tiempo de vender por lo menos veinte bocadillos con sus respectivos sobres de mayonesa.

Después de pagarle la prenda a la asustadiza mujer del mostrador, salimos de allí como si nada y continuamos con nuestra vida normal.

Pero poco después llegó el día de la boda. Porque llegó. No, no se murió nadie ni se incendió la iglesia. En ninguna de las cuatro.
Sí, cuatro. Que tuve cuatro jodidas bodas el mismo año. Pero como la Virgen del Tocino a veces es buena gente, resulta que ninguna me coincidía en invitados y pude amortizar mi precioso vestido en los cuatro eventos para ahorrarme el numerito de buscar otro.

Resumiré diciendo que, al llegar a la boda y tras aguantar toda una vida de pie sobre unos tacones asesinos mientras esperaba a los novios, por fin nos sentamos en la mesa, donde al menos dos comensales se limpiaron las manos en mi vestido creyendo que era el mantel. Vale, esto me lo he inventado. Pero no lo hicieron porque me vieron la cabeza. Si la hubiera llevado tapada, se creen que es el plato principal y que mi cuerpo era la mesa.

Pero oye, que después comí, bailé, bebí y me lo pasé en grande. En las cuatro. Como siempre en todas las fiestas, a pesar de ser una Super, de sudar como un cerdo en medio de la pista y de ser el centro de todas las miradas. Porque yo odio y amo las fiestas a partes iguales. Y porque entre ser una Super triste o una feliz, yo siempre escogí la segunda. Era más difícil, pero más satisfactoria. 😉

Y ahora sí, os dejo aquí las fotos de dos de las cuatro bodas a las que asistí con el vestido azul, las únicas que he encontrado. Vestido que mi madre quiso arreglar cuando estaba delgada. Oferta que yor rechacéamablemente, sin matar a nadie ni nada.


Momento en el que se limpiaban las manos
en el mantel azul

¡Besitos!


CUATRO. Torturas varias: bodas y fiestas

Buenas tardes, gente bonita. Hace muchísimo que no paso por aquí, y no porque me haya olvidado de vosotros, sino porque la vid...