Buenas tardes, gente bonita.
Hace muchísimo que no paso por
aquí, y no porque me haya olvidado de vosotros, sino porque la vida no me da para más. Ya
dije en su momento que actualizaría conforme pudiera y, aunque parezca un texto
de nada, me supone muchísimo pararme a escribirlo.
Para quienes no lo sepan, por las
mañanas trabajo en una editorial como editora; por las tardes corrijo textos
como, obviamente, correctora, y por la noche escribo un libro como, obviamente
también, camionera. No, no, escritora. Entre medias, cuando ingiero comida
(porque a engullir mirando una pantalla no se le puede llamar comer), también
corrijo, y a veces escribo un blog, tengo un novio, una familia y unos amigos
con mucha paciencia. Dejando a un lado la limpieza de la casa y esas cosas
simpáticas del día a día y añadiendo que han pasado las Navidades, fechas que me han robado horas y en
las que me he acordado mucho de vosotros.
He aquí la explicación de por qué
en estas fiestas, o cualquier otras, me acuerdo de vosotros:
Porque, aunque ya no ocurra lo de
antaño, siempre me acuerdo de mí. De mi yo de antes que, a pesar de adorar las
Navidades, la feria, los Carnavales, los (inserte aquí cualquier tipo de evento
en el que se haga cualquier cosa), los odiaba. Sí, se puede odiar y amar al
mismo tiempo. A los hechos me remito.
¿Os acordáis de ese día que
hablábamos del infierno personificado —llamado para la gente delgada «probadores
de ropa»—? Bien, pues hoy hablaremos de ese infierno multiplicado, porque la
ropa que estamos buscando, por ejemplo, es para una boda. Y de por ejemplo
nada, que es de lo que os quería hablar porque he encontrado una foto por ahí
que, si en algún momento tienes hipo, guárdate el enlace de esta publicación
para tenerla a mano y cuando te parezca entra, que ya te digo yo que se te
quita.
Mientras me daba hoy una ducha he
recordado aquel día a la perfección y lo he recapitulado en mi cabeza como una
película. Me he visto entrando en esa tienda de Carmona con mi madre a un lado
y mi cuñada al otro y enfocando, entre mucha ropa glamurosa, ese perchero
escondido en el rincón izquierdo, compuesto de vestidos largos de fiesta que
durante unos años se han llevado de moda. Esos de estilo romanos, de colores
rojos, verdes o azules que solo cambiaban ligeramente la tonalidad (tirando a rosa o a celeste) para parecer
diferentes y que costaban entre cincuenta y
ochenta euros. Que por eso creo yo que la moda ha continuado años y años, a
pesar de ser más feos que pegarle a un padre con la escobilla del váter.
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Resulta ser que enfoco el perchero,
que encima está junto a los probadores, pero junto junto, de no dejarte ni
analizar por el camino de la percha al infierno lo que va a ocurrir en breves
momentos. Y ahí, colgando lánguidos, los preciosos vestidos.
Entonces me digo...
OBJETIVO:
Encontrar uno para mí.
Y no me puedo poner tonta ni
exquisita, que si finalmente salgo de la tienda con una bolsa, ya puedo
preparar una party loca en mi casa e invitar a todos los de la universidad para
emborracharnos. Si estuviera en la universidad, claro. Pero era autónoma y
panadera, así que con saltar interiormente ya iba que chutaba.
CONTRAS:
- Peso 120 kilos.
- En la tienda no hay tallas
especiales.
- En el mundo, todavía, no hay
muchas tiendas con tallas especiales.
- Conoces tres tiendas de tallas
especiales, pero solo hay leggins, blusas negras, abrigos 4x4 de tablillas y
vaqueros que parecen de premamá. Ni por un asomo vestidos de fiesta. ¿Desde
cuándo los gordos tienen el derecho humando de ir a una boda? ¡Por favor, qué
tonterías piensas!
- Hay páginas web de tallas
especiales en las que te pueden pedir que les envíes por MRW un riñón en buen
estado y un trocito de corazón a cambio de un vestido precioso que, cuando te
llegue a casa, puede ser, efectivamente, un vestido. Pero también puede ser un
trapo de dimensiones impensables con la textura de un chubasquero de plástico.
Por lo tanto, descartado.
- La tienda sigue ahí, no se ha
derrumbado ni quemado.
- El probador, por ende, no se ha
derrumbado.
- Como te ha entrado un pánico
inexplicable, llamas a la novia para confirmar la boda. Por desgracia, te ha
cogido el teléfono. Los novios y los familiares directos siguen vivos. Hay que
seguir buscando vestido.
PROS:
- Sigues respirando.
- Debido a todos los contras, sobre
todo el primero, acabas de descartar un 98% de los productos textiles de la tienda,
por lo que podrás volver con rapidez a tu puesto de trabajo y tus clientes no
se quejarán al día siguiente de que tu padre les cobró a 0,15 cént. el sobre de
mayonesa del bocadillo, que en realidad cuesta 0,05 cént.
Escribo libros porque en sabiduría
salgo a mi padre.
Una vez analizadas las
posibilidades, te quedas ahí plantada, un paso por detrás de tu cuñada y de tu
madre, que todas emocionadas sacan y meten prendas, comentan entre ellas y mueven las perchas, deslizándolas de derecha a
izquierda con un golpe seco de muñeca, en plan película. Esa escena en la que buscan un vestido espectacular para la protagonista; esa chica fea que,
después de quitarle las gafas y ponerse el vestido espectacular, se convertirá
en alguien espectacular y saldrá del probador entre espectaculares aplausos,
caras de sorpresa, vítores y bocas abiertas.
Ya os digo yo que a mí eso no me
pasó. Que salí con mis gafas puestas, mi cara espectacularmente lavada y mi roete
espectacularmente mal hecho sobre todo el cogote de la cabeza.
Lo siento por el
spoiler.
Pues bien. Aparece, como un milagro
de la Virgen del Tocino, un vestido azul que mi madre alza y me muestra,
fingiendo una amplia sonrisa de felicidad cuando en realidad sé que quiere
sacarse los dientes uno a uno y sin anestesia por tener que ver a su hija ahí
metida, cual chorizo embutido. Es tan grande que con dos manos no abarca y mi
cuñada tiene que emplear las suyas para poder mostrármelo entero, también con
sonrisa fingida.
Acabas de convertir el 98% de posibilidades en un 99%
al haber solo uno.
De reojo aprecio que en mitad de
aquella enorme tienda hay una dependienta, detrás de un mostrador, que ni siquiera ha venido a
saludarnos. Ahora entiendo, años después, el pánico que esa mujer y cualquier
trabajador sentirá al ver aparecer a un gordo. Por cierto, informo que dejaré
de llamarnos «gordos». No por falta de realidad, que eso ya nos ha quedado
claro en todos los capítulos, sino porque bastante tenemos con el/la hijo/hija
de fruta de turno que nos informa, cual odiosa báscula, del aumento de nuestro
peso cada vez que nos ve.
«Lástima que mis genitales vayan
tapados con unos leggins negros y no puedas ver lo que me están creciendo»,
pensamos todos sustituyendo la palabra «genital» por «coño» o «polla», y
«leggins» por «vaquero gastado», dependiendo de nuestro sexo. Por lo que desde
ahora nos llamaré: Supers. Y no por supergrandes, que eres muy mal pensada,
sino por supers, sin más, porque lo somos, y porque nos lo merecemos después de
todo lo que pasamos día a día.
Pues eso, que ahora entiendo el
horror de esa criatura a tener que acercarse y decirnos: «Lo lamento, señorita,
en nuestro establecimiento no disponemos de tallas para usted», a riesgo de
tener que pedirse la baja porque un cliente le ha atacado y ha acabado en el
ambulatorio con una percha incrustada en la frente.
A ver, Super, que de vez en cuando
tenemos que ser empáticos y ponernos en el lugar de los demás.
Total, que dejé allí tranquila a
esa dependienta mientras seguramente pegaba con Loctite los dos metros
medidores que tenía en la tienda, por si surgía una urgencia y tenía que
tomarme medidas.
Y ahora sí, señores y señoras,
vestido azul en mano (en las seis: entre las de mi cuñada, mi madre y mías) nos
metemos en el probador. LAS TRES.
LAS TRES.
Que siendo justos seríamos LAS
CINCO.
Ni que decir tiene que allí está el
banquetito de madera (que ya sabemos para qué sirve) y el espejo donde dejarás la
marca de tu frente impregnada de sudor al agacharte.
Pues bien, tras el momento
MéteteElVestido y FlipaEnColoresPepinillos SuPutaMadreQuéFeoEs llega lo mejor de lo mejor, y es
que AparteDeEstarComoUnaJodidaVaca el vestido TraeLaCremalleraMal.
Lo juro.
No es la típica excusa de los
Supers, (que yo la he puesto varias veces), es que venía mal. Y claro, eso no es inconveniente
si hay doscientos iguales, pero si solo hay uno en toda la tienda…
Pues aquí te quiero ver, Maribel.
Mi madre lleva siendo mi madre toda la vida, pero mi cuñada acababa de empezar
con mi hermano. ¿Qué sentiría esa muchacha cuando se vio encerrada en el
pequeño infierno, conmigo y su suegra, y tuvo que hacer acopio de su valentía
para subirme la cremallera sin partir el vestido y sin acusarme de gorda?
Para grabarme. Ahí, frente al
espejo, ocupando todo el habitáculo, con la misma cara que si me estuvieran
metiendo por el culo un váter de béisbol forrado de espinas de cactus, mientras
mi madre unía los dos extremos de la tela y mi cuñada subía la cremallera bajo
la presión que suponía partirla y nunca poder casarse con mi hermano. Porque,
tirando por lo bajo, habría acabado en el ambulatorio con la de la percha en la
frente, y eso ella lo intuía.
Y voilà!
Vestido puesto.
Así, como si nada.
Yo que me creía que no iba a tardar
nada y resulta ser que a mi padre le dio tiempo de vender por lo menos veinte
bocadillos con sus respectivos sobres de mayonesa.
Después de pagarle la prenda a la
asustadiza mujer del mostrador, salimos de allí como si nada y continuamos con
nuestra vida normal.
Pero poco después llegó el día de la
boda. Porque llegó. No, no se murió nadie ni se incendió la iglesia. En ninguna de
las cuatro.
Sí, cuatro. Que tuve cuatro jodidas
bodas el mismo año. Pero como la Virgen del Tocino a veces es buena gente,
resulta que ninguna me coincidía en invitados y pude amortizar mi precioso
vestido en los cuatro eventos para ahorrarme el numerito de buscar otro.
Resumiré diciendo que, al llegar a
la boda y tras aguantar toda una vida de pie sobre unos tacones asesinos mientras esperaba a los novios, por fin nos sentamos en la mesa, donde al menos dos
comensales se limpiaron las manos en mi vestido creyendo que era el mantel.
Vale, esto me lo he inventado. Pero no lo hicieron porque me vieron la cabeza. Si la
hubiera llevado tapada, se creen que es el plato principal y que mi cuerpo era la mesa.
Pero oye, que después comí, bailé,
bebí y me lo pasé en grande. En las cuatro. Como siempre en todas las fiestas, a pesar de ser
una Super, de sudar como un cerdo en medio de la pista y de ser el centro de todas las miradas.
Porque yo odio y amo las fiestas a partes iguales. Y porque entre ser una Super
triste o una feliz, yo siempre escogí la segunda. Era más difícil, pero más
satisfactoria. 😉
Y ahora sí, os dejo aquí las fotos de dos de las cuatro bodas a las que asistí con el vestido azul, las únicas que he
encontrado. Vestido que mi madre quiso arreglar cuando estaba delgada. Oferta
que yor rechacéamablemente, sin matar a nadie ni nada.
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| Momento en el que se limpiaban las manos en el mantel azul |
¡Besitos!









