viernes, 18 de enero de 2019

CUATRO. Torturas varias: bodas y fiestas





Buenas tardes, gente bonita.
Hace muchísimo que no paso por aquí, y no porque me haya olvidado de vosotros, sino porque la vida no me da para más. Ya dije en su momento que actualizaría conforme pudiera y, aunque parezca un texto de nada, me supone muchísimo pararme a escribirlo.
Para quienes no lo sepan, por las mañanas trabajo en una editorial como editora; por las tardes corrijo textos como, obviamente, correctora, y por la noche escribo un libro como, obviamente también, camionera. No, no, escritora. Entre medias, cuando ingiero comida (porque a engullir mirando una pantalla no se le puede llamar comer), también corrijo, y a veces escribo un blog, tengo un novio, una familia y unos amigos con mucha paciencia. Dejando a un lado la limpieza de la casa y esas cosas simpáticas del día a día y añadiendo que han pasado las Navidades, fechas que me han robado horas y en las que me he acordado mucho de vosotros.

He aquí la explicación de por qué en estas fiestas, o cualquier otras, me acuerdo de vosotros:
Porque, aunque ya no ocurra lo de antaño, siempre me acuerdo de mí. De mi yo de antes que, a pesar de adorar las Navidades, la feria, los Carnavales, los (inserte aquí cualquier tipo de evento en el que se haga cualquier cosa), los odiaba. Sí, se puede odiar y amar al mismo tiempo. A los hechos me remito.

¿Os acordáis de ese día que hablábamos del infierno personificado —llamado para la gente delgada «probadores de ropa»—? Bien, pues hoy hablaremos de ese infierno multiplicado, porque la ropa que estamos buscando, por ejemplo, es para una boda. Y de por ejemplo nada, que es de lo que os quería hablar porque he encontrado una foto por ahí que, si en algún momento tienes hipo, guárdate el enlace de esta publicación para tenerla a mano y cuando te parezca entra, que ya te digo yo que se te quita.

Mientras me daba hoy una ducha he recordado aquel día a la perfección y lo he recapitulado en mi cabeza como una película. Me he visto entrando en esa tienda de Carmona con mi madre a un lado y mi cuñada al otro y enfocando, entre mucha ropa glamurosa, ese perchero escondido en el rincón izquierdo, compuesto de vestidos largos de fiesta que durante unos años se han llevado de moda. Esos de estilo romanos, de colores rojos, verdes o azules que solo cambiaban ligeramente la tonalidad (tirando a rosa o a celeste) para parecer diferentes y que costaban entre cincuenta y ochenta euros. Que por eso creo yo que la moda ha continuado años y años, a pesar de ser más feos que pegarle a un padre con la escobilla del váter.



 Bien, ya ubicados, continúo con la anécdota.

Resulta ser que enfoco el perchero, que encima está junto a los probadores, pero junto junto, de no dejarte ni analizar por el camino de la percha al infierno lo que va a ocurrir en breves momentos. Y ahí, colgando lánguidos, los preciosos vestidos.

Entonces me digo...

OBJETIVO: 

Encontrar uno para mí.
Y no me puedo poner tonta ni exquisita, que si finalmente salgo de la tienda con una bolsa, ya puedo preparar una party loca en mi casa e invitar a todos los de la universidad para emborracharnos. Si estuviera en la universidad, claro. Pero era autónoma y panadera, así que con saltar interiormente ya iba que chutaba.

CONTRAS:

- Peso 120 kilos.
- En la tienda no hay tallas especiales.
- En el mundo, todavía, no hay muchas tiendas con tallas especiales.
- Conoces tres tiendas de tallas especiales, pero solo hay leggins, blusas negras, abrigos 4x4 de tablillas y vaqueros que parecen de premamá. Ni por un asomo vestidos de fiesta. ¿Desde cuándo los gordos tienen el derecho humando de ir a una boda? ¡Por favor, qué tonterías piensas!
- Hay páginas web de tallas especiales en las que te pueden pedir que les envíes por MRW un riñón en buen estado y un trocito de corazón a cambio de un vestido precioso que, cuando te llegue a casa, puede ser, efectivamente, un vestido. Pero también puede ser un trapo de dimensiones impensables con la textura de un chubasquero de plástico. Por lo tanto, descartado.
- La tienda sigue ahí, no se ha derrumbado ni quemado.
- El probador, por ende, no se ha derrumbado.
- Como te ha entrado un pánico inexplicable, llamas a la novia para confirmar la boda. Por desgracia, te ha cogido el teléfono. Los novios y los familiares directos siguen vivos. Hay que seguir buscando vestido.

PROS:

- Sigues respirando.
- Debido a todos los contras, sobre todo el primero, acabas de descartar un 98% de los productos textiles de la tienda, por lo que podrás volver con rapidez a tu puesto de trabajo y tus clientes no se quejarán al día siguiente de que tu padre les cobró a 0,15 cént. el sobre de mayonesa del bocadillo, que en realidad cuesta 0,05 cént.
Escribo libros porque en sabiduría salgo a mi padre.

Una vez analizadas las posibilidades, te quedas ahí plantada, un paso por detrás de tu cuñada y de tu madre, que todas emocionadas sacan y meten prendas, comentan entre ellas y mueven las perchas, deslizándolas de derecha a izquierda con un golpe seco de muñeca, en plan película. Esa escena en la  que buscan un vestido espectacular para la protagonista; esa chica fea que, después de quitarle las gafas y ponerse el vestido espectacular, se convertirá en alguien espectacular y saldrá del probador entre espectaculares aplausos, caras de sorpresa, vítores y bocas abiertas.
Ya os digo yo que a mí eso no me pasó. Que salí con mis gafas puestas, mi cara espectacularmente lavada y mi roete espectacularmente mal hecho sobre todo el cogote de la cabeza. 
Lo siento por el spoiler.

Pues bien. Aparece, como un milagro de la Virgen del Tocino, un vestido azul que mi madre alza y me muestra, fingiendo una amplia sonrisa de felicidad cuando en realidad sé que quiere sacarse los dientes uno a uno y sin anestesia por tener que ver a su hija ahí metida, cual chorizo embutido. Es tan grande que con dos manos no abarca y mi cuñada tiene que emplear las suyas para poder mostrármelo entero, también con sonrisa fingida.
Acabas de convertir el 98% de posibilidades en un 99% al haber solo uno.

De reojo aprecio que en mitad de aquella enorme tienda hay una dependienta,  detrás de un mostrador, que ni siquiera ha venido a saludarnos. Ahora entiendo, años después, el pánico que esa mujer y cualquier trabajador sentirá al ver aparecer a un gordo. Por cierto, informo que dejaré de llamarnos «gordos». No por falta de realidad, que eso ya nos ha quedado claro en todos los capítulos, sino porque bastante tenemos con el/la hijo/hija de fruta de turno que nos informa, cual odiosa báscula, del aumento de nuestro peso cada vez que nos ve.
«Lástima que mis genitales vayan tapados con unos leggins negros y no puedas ver lo que me están creciendo», pensamos todos sustituyendo la palabra «genital» por «coño» o «polla», y «leggins» por «vaquero gastado», dependiendo de nuestro sexo. Por lo que desde ahora nos llamaré: Supers. Y no por supergrandes, que eres muy mal pensada, sino por supers, sin más, porque lo somos, y porque nos lo merecemos después de todo lo que pasamos día a día.

Pues eso, que ahora entiendo el horror de esa criatura a tener que acercarse y decirnos: «Lo lamento, señorita, en nuestro establecimiento no disponemos de tallas para usted», a riesgo de tener que pedirse la baja porque un cliente le ha atacado y ha acabado en el ambulatorio con una percha incrustada en la frente.
A ver, Super, que de vez en cuando tenemos que ser empáticos y ponernos en el lugar de los demás.
Total, que dejé allí tranquila a esa dependienta mientras seguramente pegaba con Loctite los dos metros medidores que tenía en la tienda, por si surgía una urgencia y tenía que tomarme medidas.
Y ahora sí, señores y señoras, vestido azul en mano (en las seis: entre las de mi cuñada, mi madre y mías) nos metemos en el probador. LAS TRES.

LAS TRES.

Que siendo justos seríamos LAS CINCO.

Ni que decir tiene que allí está el banquetito de madera (que ya sabemos para qué sirve) y el espejo donde dejarás la marca de tu frente impregnada de sudor al agacharte.
Pues bien, tras el momento MéteteElVestido y FlipaEnColoresPepinillos SuPutaMadreQuéFeoEs llega lo mejor de lo mejor, y es que AparteDeEstarComoUnaJodidaVaca el vestido TraeLaCremalleraMal.
Lo juro.
No es la típica excusa de los Supers, (que yo la he puesto varias veces), es que venía mal. Y claro, eso no es inconveniente si hay doscientos iguales, pero si solo hay uno en toda la tienda…
Pues aquí te quiero ver, Maribel. Mi madre lleva siendo mi madre toda la vida, pero mi cuñada acababa de empezar con mi hermano. ¿Qué sentiría esa muchacha cuando se vio encerrada en el pequeño infierno, conmigo y su suegra, y tuvo que hacer acopio de su valentía para subirme la cremallera sin partir el vestido y sin acusarme de gorda?
Para grabarme. Ahí, frente al espejo, ocupando todo el habitáculo, con la misma cara que si me estuvieran metiendo por el culo un váter de béisbol forrado de espinas de cactus, mientras mi madre unía los dos extremos de la tela y mi cuñada subía la cremallera bajo la presión que suponía partirla y nunca poder casarse con mi hermano. Porque, tirando por lo bajo, habría acabado en el ambulatorio con la de la percha en la frente, y eso ella lo intuía.
Y voilà!
Vestido puesto.
Así, como si nada.
Yo que me creía que no iba a tardar nada y resulta ser que a mi padre le dio tiempo de vender por lo menos veinte bocadillos con sus respectivos sobres de mayonesa.

Después de pagarle la prenda a la asustadiza mujer del mostrador, salimos de allí como si nada y continuamos con nuestra vida normal.

Pero poco después llegó el día de la boda. Porque llegó. No, no se murió nadie ni se incendió la iglesia. En ninguna de las cuatro.
Sí, cuatro. Que tuve cuatro jodidas bodas el mismo año. Pero como la Virgen del Tocino a veces es buena gente, resulta que ninguna me coincidía en invitados y pude amortizar mi precioso vestido en los cuatro eventos para ahorrarme el numerito de buscar otro.

Resumiré diciendo que, al llegar a la boda y tras aguantar toda una vida de pie sobre unos tacones asesinos mientras esperaba a los novios, por fin nos sentamos en la mesa, donde al menos dos comensales se limpiaron las manos en mi vestido creyendo que era el mantel. Vale, esto me lo he inventado. Pero no lo hicieron porque me vieron la cabeza. Si la hubiera llevado tapada, se creen que es el plato principal y que mi cuerpo era la mesa.

Pero oye, que después comí, bailé, bebí y me lo pasé en grande. En las cuatro. Como siempre en todas las fiestas, a pesar de ser una Super, de sudar como un cerdo en medio de la pista y de ser el centro de todas las miradas. Porque yo odio y amo las fiestas a partes iguales. Y porque entre ser una Super triste o una feliz, yo siempre escogí la segunda. Era más difícil, pero más satisfactoria. 😉

Y ahora sí, os dejo aquí las fotos de dos de las cuatro bodas a las que asistí con el vestido azul, las únicas que he encontrado. Vestido que mi madre quiso arreglar cuando estaba delgada. Oferta que yor rechacéamablemente, sin matar a nadie ni nada.


Momento en el que se limpiaban las manos
en el mantel azul

¡Besitos!


martes, 11 de diciembre de 2018

TRES. Amor platónico: tu reflejo.


Todas las historias cuentan con un amor platónico. Todas. Pero no del que hablaba Platón, de esa motivación filosófica que busca encontrar la belleza en todos los sentidos, no. Hablo del amor platónico nuestro, el de calle, el que conocemos por imposible, el que dicen tener los jóvenes pero que realmente tenemos todos. Y hay que ponerse serios, porque la ocasión lo requiere.
El mío, durante más de cinco años, fui yo. Una imagen de mí misma que no existía frente a un espejo al que odiaba. Mi amor platónico tenía mi misma cara pero sin papada, el vientre liso, el pecho terso y estaba cubierto por ropa barata, encontrada en cualquier mesa plegable de mercadillo. Sí, barata. De un euro, de dos, de tres… Yo no quería un vestido ni unos zapatos caros. Quería no llorar después de ir de compras, no tener que gastarme treinta euros en una blusa fea, ancha y negra que aborrecería cada vez que me pusiera, o poder aguantar más de una hora los zapatos nuevos que llevaba en la caja. Sin contar con probarme algo con lo que al ponerme un collar no pareciera un árbol de Navidad (aprovechemos los ejemplos de la época, ya que mi perra se ha comido mis luces de Navidad y vivo sin adornos). Así que una vez, durante la tortura de una de esas dietas de la que hablábamos en el primer capítulo de este blog, me decidí a escuchar un CD de autoayuda para perder de peso y animarme a seguir. Ya sabéis, esas cosas que se hacen cuando se está desesperada.
Recuerdo preparar el ordenador, darle al play, tumbarme en el sofá y cerrar los ojos mientras una voz masculina decía que tenía que imaginarme con todas mis fuerzas el reflejo que quería encontrar al mirarme en el espejo. No me hizo falta fuerza, porque a los amores platónicos los podemos visualizar con facilidad, así que yo al mío lo vi con rapidez. Llevaba un pantalón vaquero, una camiseta de color rosa y unas zapatillas de deporte. Supe que toda aquella ropa era muy barata, a pesar de ser solo una ilusión. No me importó, porque el reflejo me devolvía una sonrisa de felicidad, y aquello no tenía precio.
Si estás aquí, probablemente es porque odias tu espejo, a pesar de mirarte poco en él. Porque tienes, como yo, ese amor platónico que crees imposible y, porque dentro de ti, a pesar de la negación, del cansancio y del esfuerzo, sabes que es posible conseguirlo. Te diré algo: No todos los amores platónicos quedaron siendo eso, platónicos, y se convirtieron en realidad. 
Yo lo conocí. Costó, pero lo conocí. Lo vi un día al otro lado del espejo. Me costó creer que era él, pero entiéndeme, llevaba muchos años soñando con aquel encuentro. 
Vestía un pantalón vaquero, una camiseta de color rosa y unas zapatillas de deporte. La ropa era barata. No recuerdo muy bien cuánto costaban los vaqueros, pero sé con certeza que la camiseta solo un euro. Uno. Y también recuerdo perfectamente que el conjunto en sí no tenía precio, porque el reflejo me devolvió una sonrisa de felicidad.
Aquel día estuve mucho rato contemplándolo, y hoy en día me obligo a hacerlo. Sigo odiando los espejos, evitándolos, y sigo sentándome en las sillas con cuidado de no romperlas, porque es mi mente quien me dice que peso ciento veinte kilos y no sesenta y tres. Pero aunque no me lleve bien con los espejos, me exijo a mí misma plantarme frente a él y mirar ese reflejo. A veces vestido y otras desnudo, y no siempre es feliz. No lo es porque el ser humano suele apreciar lo que le falta o lo que le sobra, pero no lo que consigue. Porque veo que estoy blandita de aquí, caída de allí… Y no aprecio un camino de sudor, de esfuerzo, que me han llevado a lo que soy. Por eso, también, me obligo en ocasiones a reflexionar cada paso que he dado.
No, mi reflejo no siempre lleva ropa de un euro ni devuelve sonrisas. No siempre lo quiero y, créeme, llevo dos años a su lado y todavía no estoy enamorada completamente de él. Es irónico, porque es un amor platónico y a los amores se les quiere. Pero seamos realistas, no todo es el amor. La convivencia es complicada y hacer mudanza de complejos más todavía.
Así que no estoy aquí para escribirte dos frases motivadoras que te digan que tú puedes ser feliz como eres. Porque odio, y lo hago de manera intensa, que me digan —o dijeran— que tienes que amarte tal cual, que los kilos no importan, que lo importante eres tú, tu interior, tus habilidades y tus virtudes. Que si los pierdes sea por salud, no por físico. 
Odio que lo digan porque es fácil abrir la boca, pero no tanto cerrarla. Porque es difícil quererte si no te quieren. Porque vivimos en una sociedad de mierda que señala al gordo, y no se le acerca en la discoteca, no lo contrata en una tienda cara al público o no ve más allá de su apariencia. 
Que pocos se comen un bombón sin leer el envoltorio o coge un libro al azar sin mirar su portada, solo para descubrir qué hay dentro. Que tú también has mirado a esa persona que salía del mar con «carnes de más» y le has dado un codazo al de al lado para que lo viera. Que todos hemos atacado a alguien por un defecto físico y nos hemos enamorado de una cara y no de un corazón bonito.


Hoy vengo a que nos pongamos en el otro lado, en el del egoísta y no la víctima, y también para decirte que solo serás feliz tal cual si es tal cual como quieres estar. Que serás feliz en la oficina si te gusta perderte entre facturas, pero no si lloras al verlas sobre la mesa una y otras vez. No si tu sueño es volar. 
Así que el siguiente capítulo será el verdadero comienzo de la historia, en el, tras varios secundarios, aparece el protagonista. Un protagonista que pasará por altibajos, por arenas movedizas y al final volará si es con lo que sueña de verdad. Porque en nuestra dosis de realidad de hoy te diré que hay una parte de ti, quizá muy oculta y que no todos saben reconocer, que no quiere el cambio. Que le asusta. Da miedo porque es duro, y no nos gustan las cosas duras que conllevan un esfuerzo mayoritario. Así que mi objetivo, entre letras, risas y a veces realidad, es encontrar ese hueco que lo esconde y que podamos arrancarlo juntos.

Prepárate para el siguiente capítulo, porque a lo mejor, a través de mi cambio, vas a conocerte a ti mismo. Y quién sabe, lo mismo conseguimos mirarnos al espejo y que el reflejo nos devuelve una sonrisa de felicidad.
A lo mejor conocemos a nuestro propio amor platónico.



Paso muy rápido, una semana tarde, sin repasar el texto y volando volando con la promesa de no ponernos serios en el siguiente capítulo.
También para decir que, aprovechando que hablo de este tema con personas de todas partes, he pensado en ir recopilando recetas bajas en calorías, tabla de ejercicios, consejos saludables que me van contando o cualquier cosa que nos pueda ayudar entre nosotros mismos. 
Y como pronto empezamos con todos estos temas, si quieres dejarme la tuya, puedes hacerlo al correo electrónico nmedina94@hotmail.com

Gordiconsejo: Mírate, mírate mucho y ve sacando todas esas cosas estupendas que tienes y que tanto te gustan de ti, porque cuando consigas que todas las demás desaparezcan, tendrás que empezar a quererlas mucho.


Gordipetición: ¿Te gusta el blog? Me ayudarías compartiéndolo. A mí y a aquellos que creas que puede interesarle. 

¡Feliz semana!😊

miércoles, 14 de noviembre de 2018

DOS. Los personajes secundarios: Filete de Pollo y Lechuga




Hay dos verdades indiscutibles en la lista de Verdades De Los Gordos: Ni tenemos derecho a vestirnos y somos un negocio muy factible. Os hablaré de ambas simultáneamente, porque una tiene mucho que ver con la otra.
Ya nos estamos acostumbrando a pasear por las tiendas viendo secciones de tallas especiales, pero hace unos años no todo era color y felicidad, sobre todo color. Encontrar una tienda que ofreciera dichas tallas era un calvario. Comprar ropa, de hecho, era un jodido calvario. Qué gracia me hacía cuando mis amigas disfrutaban de una tarde intensa y superdivertida de compras y me soltaban: «No entiendo por qué no te vienes, eres la única mujer del mundo que conozco a la que no le gusta comprarse ropa».
Eso es porque solo conoces a una gorda en el mundo, ya te lo digo yo.
A ver, chica impresionada, te cuento así, brevemente, por qué puede ser que no disfrute como tú, señorita Talla Treinta y ocho, de una tarde de shopping. Empezaré por ese momento en el que, después de entrar en doce tiendas, encuentro una que en doscientos metros de local tiene una sección de tres metros de tallas especiales. Inciso preciso: Especial tiene que ser tu sueldo para comprarte cuatro prendas en una misma tarde sin tener que haber entregado a cambio un riñón en buen estado. Pues eso, que entro allí, enfilo unos pantalones elásticos de talle alto que me hacen los ojos chiribitas y mi corazón tiembla de emoción porque esos leggins recogerán un poco mi mondongo, evitando que se me salga por encima de la cinturilla, revelándose en contra de su propia dueña. Pero mi velocidad disminuye, mis pies se van frenando y mis ojos dejan de brilla. La felicidad se evapora de manera veloz, pues me he equivocado y esto es la sección de premamá. Bien, media vuelta y busquemos la tienda número trece.
La encuentro. Hago la ola, la croqueta por el suelo, lloro un poco de emoción y el brillo vuelve a mis ojos (todo esto mentalmente, claro). Aquí sí que sí, hay ropa de mi talla. Aunque la sección consta de metro y medio cuadrado y seis percheros. Ya me extrañaba a mí que hubiera tantos gordos en el mundo como mujeres embarazas para otorgarnos el privilegio de poder elegir entre un puñado de prendas. La croqueta vuelve a su lugar y dejo de celebrar. Ojeo los seis percheros de vaqueros elásticos, blusas negras y vestido oscuro, largo, entablillado y con el vuelo de unas enaguas de camilla. Como tampoco hay mucho para elegir, me pillo uno de cada (ya veré después en las pruebas pertinentes si mi riñón es apto para el intercambio), enfilo el probador, allí al final del todo, y camino con paso decidido. No por ganas, sino por terminar con la tortura lo antes posible.
Quieta parada, señorita Talla Treinta y ocho, y no dejes de leer que aquí viene lo divertido.


Bienvenidos al infierno

Penetro en el interior de ese habitáculo reducido en el que no me cabe el culo, en el que solo hay dos percheros y un taburete de madera para que tu acompañante se siente a esperar. Lo siento, parece ser que a mi acompañante me lo he comido, no cabe. Miro hacia arriba, hacia abajo, hacia el espejo, cojo aire y suspiro fuerte. Me quito la ropa mientras el culo me está dando en el taburete y la frente está apoyada en el cristal. Añadamos la bonita sensación de que la mierda de cortina no cierra del todo por ninguno de sus dos extremos y alguien podría estar descojonándose con la escena desde fuera. Pues bien, tras haber dejado allí más ADN que tocando un timbre, consigo quitarme la ropa y los zapatos y, tras ello, sujeto el nuevo pantalón, lo miro y suspiro otra vez. Aquí, la primera gota de sudor ha brotado de mi frente y se asoma sigilosa, pidiéndome que me aligere, porque pronto vendrán sus compañeras dispuestas a echar una carrera. Un pie, otro pie y a subir el pantalón. Pero no como cualquiera se lo subiría ni como esas chicas gorditas de los anuncios que sonríen, no. Te lo subes como quien se está poniendo unas medias porque, si no es así, de los mulos para arriba no hay nada que hacer y ese pantalón se puede quedar ahí de por vida. Y yo no salgo de aquí con el pantalón a medio poner, sudando como un cerdo, colorada como una señal de stop y andando como un pingüino ni aunque me maten. Así que subes. Subes... Subes... Resbala poco porque el sudor es un hijo de perra que no lo deja avanzar. Subes… Subes un poco más… Cuidado aquí, que lo has subido más de una pierna que de la otra. Igualas… Igualas… Subes... Subes… ¡Subido!
Sueltas aire, sonríes, te secas el sudor de la frente (que ya no hay solo una gota, la carrera ha comenzado y terminado tres veces), suspiras otra vez, levantas la cabeza y te miras en el espejo. La sonrisa se borra de repente de tu cara porque te das cuenta de que, sí, muy bien, has conseguido ponerle unos pantalones a una campana, pero No. Dejas. De. Ser. Una. Jodida. Campana.
Su puta madre.
Menos mal que después te pruebas esa blusa negra, anchita y finita que te soluciona la vida.
Bien. Esto me lo quedo.
Rebobinemos y volvamos a la primera fase, donde tenemos que quitarnos la ropa de nuevo, solo que esta vez se te ha salido un poco el culo a través de la cortina al agacharte y le has pedido perdón a la que pasaba por detrás tranquilamente.
Vayamos con el vestido, que es más feo que pegarle a un padre con un calcetín sucio, pero no hay más remedio porque no hay donde elegir. Resumiré diciendo que, una vez puesto, si me quitas la cabeza podemos comer todos juntos sobre la mesa del comedor. La mesa soy yo.
Solo puedes salir de ese probador con la sensación de que te hacía sudar hasta la bombilla del techo y dándole las gracias al fabricante por no haberle plantado unas rallas horizontales al vestido. Ah, y aprendiendo que el taburete no está ahí para el acompañante, si no para sentarte a descansar tras la larga jornada laboral a la que has sido sometida.
Nos dirigimos al mostrador, donde tus amigas hablan del top hipermegaguay que se han comprado por tres euros, la falda de cuero de ocho, el vestido con complejo de condón de doce y los taconazos en oferta. Tú te tragas tus opiniones para ti, con miedo de que te engorden, y unas cuantas de lágrimas que están ahí, acumuladas, al igual que el nudo de la garganta. Te mantienes en silencio, esperando tu turno. Y esa amable dependienta te dice con una sonrisa que son cincuenta y tres con veinte, y que si tienes tarjeta de puntos. Puntos los que te van a coser en urgencia a ti, del tortazo que te daba. ¿Más de cincuenta pelotes por unas mallas, una blusa de tela de papel de fumar y un vestido más feo que un pie sin uñas? Pues sí, porque estás gorda, y los gordos no tienen derecho a vestirse, ni a hacerlo con colores alegres, ni a elegir ni a tener el sueldo medio. Y date con un canto en los dientes, repito, que ese vestido de mierda no tenía rallas horizontales.
Está más que decidido, esa noche comienzas la dieta.
Otra vez.
Y aquí aparecen los personajes secundarios de toda novela, que tienen la misma o más importancia que el principal. Porque después de la tortura de un día de compras, tú no empiezas la dieta de cualquier manera. Tú empiezas duro. Con ganas. Y aquí están, ahora sí que sí, Filete de Pollo y Lechuga.

Foto preciosa que nada tiene que ver con ese plato de tres hojas verdes
 y ese filete triste y desamparado que tú te comes

Dicen que no se conoce a una persona hasta que pasas muchas muchas horas con ella. Con los alimentos tiene que ser parecido. Hubo una vez, hace mucho tiempo atrás (cuando estaba delgada), que cenaba fuera de casa y me pedía una pechuguita de pollo a la plancha con ensalada. Tranquila, yo también me odio por ello. Hubo una vez, también hace mucho tiempo, que decía que las lentejas eran un asco, y los garbanzos, y la pringue, y el jamón de pata negra, porque me raspaba la garganta. Tranquila, yo también sé que soy gilipollas. ¿Quién me iba a decir a mí que iba a llorar por un plato de chícharos a las tres de la mañana o que iba a repudiar a Filete de Pollo? Pues sí, ocurrió. Pero no veamos solo el lado negativo de las cosas porque, seamos sinceras, todo esto nos ha ayudado a desarrollar nuestra imaginación y facultades culinarias. Nos ponemos a contarnos recetas las unas a las otras y tenemos para hacer un libro basado en el pollo, sus beneficios y las maneras de combinarlo. Y ensaladas, que te sabes más que un recetario. ¿Y quién no se ha aliñado esa lechuguita añadiéndole un poquito de atún (en aceite vegetal, por supuesto), un huevo duro, maíz (que es dulce, pero que por un poquito no pasa nada), zanahoria, un poquito de jamón york, tomate, pepino, cebolla, taquitos de queso fresco light, espárragos (en el caso de gustarte), pollo troceado, unas aceitunitas y un ñu? Que al día siguiente te pesabas, habías cogido cuatrocientos gramos y abrías la boca asustada y sorprendida, porque tú habías cenado una lechuguita. Te bajabas desilusionada de tu báscula y mientras salías de la habitación pensabas: «Eso es que me he pesado con una ropa diferente a la de la última vez». Y eras más feliz, aunque supieras que el ñu había tenido algo que ver con esa ganancia.
Y aquí viene el negocio, porque somos un negocio, aunque suene feo y cruel decirlo. En la alimentación, por ejemplo, porque todo lo supuestamente ligh, lo bajo en calorías, lo reducido en azúcares es alto en presupuesto. En la ropa, porque si quieres vestirte (no tienes bastante con que llames la atención vestida, por lo que puedes ir en cueros para que te miren un poco más) te tienes que dejar ahí un riñón, como si le hubieran añadido a la blusa veinte metros de tela en vez de medio. Ah, y sin contar con que los leggins que te probaste, en la primera puesta ya tenía ese agujerito de desgaste entre las piernas, concretamente en la zona de los muslos, que se convierte en agujerón y por el que se te sale el pollo relleno. «Pero ¿cómo coño me lo he roto, si no me lo he puesto? ¿Y cómo le han salido pelotillas si ni lo he lavado?». Pues sí. ¿Y qué haces para evitarlo? Irte a un médico, a un nutricionista, a un endocrino…, porque a tu vecina le ha funcionado, porque necesitas perder peso, porque… Porque sabes que pagando te obligas a cumplirlo y porque te da vergüenza coger peso y que en la próxima consulta te riña. Chimpún. Porque todo lo que te dice este ya lo sabes, solo que se le añade el dolor de pagarle cada vez que sales de la consulta y encima por quitarte de comer. Qué cabrón.
¿Clonáis vacas, hacéis aires acondicionados silenciosos, llegáis a la jodida luna, un robot te limpia la casa, una máquina te plancha las camisas y me dices, en serio, que no puedes hacer una jodida pizza que no engorde?
Claro que no, no pueden hacerlo porque los gordos no podemos desaparecer. Porque entonces desaparece el negocio. Y menudo negocio. Porque de tu desgraciada gordura, de eso que está jodiendo la vida, comen los «profesionales», los diseñadores, las fábricas alimenticias, el de las revistas de recetas, el que inventa las dietas y doscientos millones más a los que no les importa tu salud, tu bienestar ni lo que sientes al mirarte al espejo.
Y ya que tanto ganan a nuestra costa, digo yo que podíamos aumentar el listado y hacer rico al que tenga la genial idea de hacer los probadores de ropa un poco más espacioso. Y los sillones y cinturones de los aviones. Gracias.

Teniendo en cuenta que termino este post muy cabreada y tecleando cual apisonadora sobre mi portátil, me despido hasta el siguiente. Pero no sin antes dar las gracias a todos los que habéis comenzado a leerme. ¡Ha sido una sorpresa que haya tenido tantas visitas! 
Y tampoco sin preguntaros a los que manejáis esto de los blog, dónde está la opción de seguir, que me lo preguntan a mí y no tengo ni idea.😂 
Sin más, desearos una feliz semana.




miércoles, 7 de noviembre de 2018

UNO. La mala malísima del culebrón: Dieta.





Me llamo Noelia Medina, tengo veinticuatro años y he pesado ciento veinte kilos.
A mí me chocaría que alguien se presentara diciéndome lo que pesa o ha pesado porque, sinceramente, me importa bien poco. Sin embargo, los gordos tenemos que explicar que lo somos o lo hemos sido, así que me adelanto ante de que preguntéis, aunque el tema de las explicaciones lo tocaré un poco más tarde.
Empiezo diciendo que no es mi intención ofender a nadie, y si estás aquí esperando que adorne los términos, es la hora de marcharte. Me gusta llamar a las cosas por su nombre y yo he sido gorda. No es un insulto, simplemente una característica física más que, en la boca equivocada y malintencionada, hace daño, como cualquier otro calificativo si es despectivo.
En septiembre de hace dos años, no tuve más remedio que someterme a una reducción de estómago que me ayudó a perder cuarenta kilos (previamente había perdido veinte). Y hoy estoy aquí para hablarte de ello, para contarte cómo comenzó todo y qué fue lo que me llevo a tomar aquella decisión. Os hablaré de la cirugía bariátrica, de los pros y los contras y de mi cambio de cuerpo, de mente y de vida. Lo hago después de mucho tiempo porque pienso que es necesario escuchar estos testimonios y leer a los pacientes a los que sí les ha ido todo bien (afortunadamente, yo soy uno de ellos). No quiero que mi experiencia condicione a nadie, para bien o para mal, solo contaros lo que he vivido. Yo nunca escuché a nadie, hice lo que realmente quería, y hoy puedo decir con la boca llena que es lo mejor que he hecho en mi vida. Pero dejo de enrollarme con todo esto y comienzo por el principio.

Peso máximo: 120 kilos
55 kilos menos

¿Quién soy?, ¿quién fui?, ¿en quién me convertí?, ¿por qué?

Me crie con un peso normal, durante la preadolescencia no sobrepasé los cincuenta y tantos kilos y, a partir de los quince años, más o menos, comencé a engordar. Llegué a pesar ochenta y tres kilos que perdí rápidamente, volviendo a los sesenta y algo. Pero lo justo sería irnos un poco más atrás, porque, aunque en ese momento no imaginara lo terrible que era lo que estaba haciendo, fue donde de verdad empezó todo.
Recapitulemos hasta la preadolescencia, donde no llegaba a los sesenta kilos. Aun así, siempre fui la más rellenita de mis amigas. Ahí fue donde apareció mi enemiga de por vida, esa estúpida, insípida y aburrida llamada Dieta. Y, como escritora de romance que no me hayo sin meter chicha y morbete, en este caso será la mala malísima de mi historia. Dieta no tenía aspecto físico, por lo que no podré describirla en ese aspecto, pero era —y es— una gran hija de puta a la que odio, capaz de acabar con muchas cosas de tu vida, y no hablo solo de la comida. Hablo del estado de ánimo, de la felicidad, de las ganas de salir, de divertirte, de acudir a eventos y de todas esas cosas que comprenderás a la perfección si la has tenido el gusto de conocerla personalmente.
Pues eso, que apareció. Lo hizo de vez en cuando y de manera descontrolada. Si mi amiga fulanita hacia una dieta milagro para quitarse una pequeña lorza que desfiguraba su nuevo vestido, yo me apuntaba y la acompañaba en el sentimiento. Ale, tres kilazos fuera y tan contenta. Aunque poco más tarde venían dos que, por aquellos entonces, yo no achacaba a ese régimen. Después, la dieta de la X (insértese en esa x cualquiera que hayas probado: la de la piña, la de la sandía, la de la manzana, la de la alcachofa y hasta la del higo de tu prima hermana). Esta se basaba en desayunar, almorzar, merendar, cenar y soñar con la fruta citada hasta que te diera fatiga y, de vez en cuando podías deleitarte con un yogur con menos sabor que la suela de un zapato nuevo y algún filetito de pollo. De esos bien hechos con una gota de aceite restregada en la sartén y sequitos cual corcho a la intemperie. Ya hablaremos también de estos últimos que, unidos a mi colega la Lechuga, han pasado más tiempo conmigo que mi novio.
Después de la dieta de la fruta, cayeron en mis manos unas doscientas cincuenta y tres mil hojitas de dietas diferentes (qué feo está presentarme diciendo que he pesado ciento veinte kilos y no informarte de que soy andaluza, por lo que los términos numéricos y cualquier medida en general ascenderá, probablemente variando un poco de la realidad).  Pues bien, aquel puñado de folios con una sentencia de muerte escrita pasaba de una a otra sin miramientos.
«A mí me ha ido estupenda».
«Yo he perdido tres kilos en dos días».
«Yo no he perdido peso, pero sí volumen».
Esta última siempre la pronunciamos fruto de la desesperación que causa no ver esa báscula bajar. Ains, Báscula Transparente de la Habitación, cuánto te he odiado también.
Había de todo, por ejemplo, aquellas hipercalóricas que oscilaban desde las setecientas hasta las mil quinientas calorías. Para quien nunca haya realizado ninguna y os podáis imaginar lo que son setecientas míseras calorías, pensar en un plato de diseño de esos que se llevan ahora en los restaurantes de postín y en el que nada más se ve cerámica, pero compuesto de cosas muy verdes e insípidas que te gusten poco. Y aquí juro que no estoy exagerando.
También estaba la dieta Dukan (¡ay, Pierre Dukan de los cojones, cómo te odio!). Este señor creó una dieta de cuatro fases basada en la ingesta de proteínas a la que poco a poco le vas añadiendo frutas y verduras. Si piensas que jamás de los jamases echarás de menos comer verde, estate unas semanitas a ternera, pescado a la plancha y huevos duros, y ya me cuentas. Pues me fue genial, y le decía a todo el mundo lo genial que me iba, porque a nadie le iba tan tan genial como a mí. Perdía peso, me hacía analíticas y no pasaba tanta hambre como otras veces en las que había tenido ganas de pegarle un bocado a la puerta. Perdí catorce kilazos. Y mi madre el sueldo de seis meses en los alimentos Dukan, que el tío tenía su propia línea y todo, no te creas, llenando estanterías gigantes de cualquier supermercado con la portada de su libro y la foto del doctor creador todo sonriente.
Las cuatro fases eran:
1)   Fase de ataque: Epiléptico que te va a dar del hambre que vas a pasar.
2) Fase de crucero: A los que se fue el doctor Pierre Dukan con los euros que nos había sacado a las desesperadas por perder kilos. Normal que sonriera en la foto.
3)    Fase de consolidación: La encargada de acostumbrar a tu cuerpo para no sufrir el efecto rebote.
4)   Fase de estabilización o mantenimiento: En la que el colega Pierre te suelta «Esta etapa es la más importante para el éxito de todo el programa ya que la duración es para el resto de la vida».
Por favor, desde aquí hago un llamamiento a todos los panolis que, como yo, se creyeron las palabras de este señor. Vayamos a buscarlo y enseñémosle lo que es llevar una escayola toda la vida, a ver si él la aguanta. Os dejo que elijáis el lugar. Lo mismo me da una pierna que un brazo.
Ahora en serio, cuidado con el llamado mantenimiento. Seamos sinceros y veámos las cosas con perspectiva: Nadie es capaz de estar toda su vida a dieta estricta. Nadie. Porque uno de los placeres más grande de esta vida es comer, y una de las costumbres más bonitas del ser humano es la de pecar y pasárnoslo todo por el forro.
Algo muy importante que aprendí durante mi proceso de cambio fue a eliminar de manera radical la palabra «dieta» y concienciarme en que lo que tenía que hacer era un cambio en mi alimentación, en mi forma de vida. No es fácil, para qué mentir, pero no imposible. Y todo está en nuestra cabeza, y no en nuestro estómago. Como curiosidad, os sorprenderá saber qué tamaño tenía el mío con 120 kilos. Venga, esto también te lo cuento un poco más adelante, cuando llegue a eso.
Foto de una mujer más falsa que una moneda de tres euros,
rechazando la hamburguesa con una sonrisa.

Y para terminar con el inmenso listado de dietas, mencionaré algunas más, seguramente conocidas, como cualquiera de hidratos, de verduras, de caldos de verduras imbebibles, de embutidos a espuertas —pero solo comiendo embutido y bebiendo agua— y millones de barbaridades más a las que sometemos a nuestro cuerpo de manera constante, sin apreciarlo. Pues bien, todo ese cúmulo de abstinencias alimenticias sin control, de tráfico de papelitos con regímenes escritos, fueron las que me llevaron, entre otras cosas, a subir de manera vertiginosa a los ciento veinte kilos en solo cinco años.
Cinco años de dietas (ahora guiadas), ejercicio, hambre y, por supuesto, mucho cansancio, tirando todo mi esfuerzo a la basura una y otra vez sin importarme lo que hubiera conseguido.

Si te parece, después de haber hablado un poco de mí y de Dieta, seguimos en el próximo, enfrentándonos a la realidad del espejo y presentándote a mis colegas Filete de Pollo y Lechuga, aunque seguro que ya los conoces.

¿Nos leemos en el próximo?
¡Gracias por haber llegado hasta aquí! 😘



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