miércoles, 7 de noviembre de 2018

UNO. La mala malísima del culebrón: Dieta.





Me llamo Noelia Medina, tengo veinticuatro años y he pesado ciento veinte kilos.
A mí me chocaría que alguien se presentara diciéndome lo que pesa o ha pesado porque, sinceramente, me importa bien poco. Sin embargo, los gordos tenemos que explicar que lo somos o lo hemos sido, así que me adelanto ante de que preguntéis, aunque el tema de las explicaciones lo tocaré un poco más tarde.
Empiezo diciendo que no es mi intención ofender a nadie, y si estás aquí esperando que adorne los términos, es la hora de marcharte. Me gusta llamar a las cosas por su nombre y yo he sido gorda. No es un insulto, simplemente una característica física más que, en la boca equivocada y malintencionada, hace daño, como cualquier otro calificativo si es despectivo.
En septiembre de hace dos años, no tuve más remedio que someterme a una reducción de estómago que me ayudó a perder cuarenta kilos (previamente había perdido veinte). Y hoy estoy aquí para hablarte de ello, para contarte cómo comenzó todo y qué fue lo que me llevo a tomar aquella decisión. Os hablaré de la cirugía bariátrica, de los pros y los contras y de mi cambio de cuerpo, de mente y de vida. Lo hago después de mucho tiempo porque pienso que es necesario escuchar estos testimonios y leer a los pacientes a los que sí les ha ido todo bien (afortunadamente, yo soy uno de ellos). No quiero que mi experiencia condicione a nadie, para bien o para mal, solo contaros lo que he vivido. Yo nunca escuché a nadie, hice lo que realmente quería, y hoy puedo decir con la boca llena que es lo mejor que he hecho en mi vida. Pero dejo de enrollarme con todo esto y comienzo por el principio.

Peso máximo: 120 kilos
55 kilos menos

¿Quién soy?, ¿quién fui?, ¿en quién me convertí?, ¿por qué?

Me crie con un peso normal, durante la preadolescencia no sobrepasé los cincuenta y tantos kilos y, a partir de los quince años, más o menos, comencé a engordar. Llegué a pesar ochenta y tres kilos que perdí rápidamente, volviendo a los sesenta y algo. Pero lo justo sería irnos un poco más atrás, porque, aunque en ese momento no imaginara lo terrible que era lo que estaba haciendo, fue donde de verdad empezó todo.
Recapitulemos hasta la preadolescencia, donde no llegaba a los sesenta kilos. Aun así, siempre fui la más rellenita de mis amigas. Ahí fue donde apareció mi enemiga de por vida, esa estúpida, insípida y aburrida llamada Dieta. Y, como escritora de romance que no me hayo sin meter chicha y morbete, en este caso será la mala malísima de mi historia. Dieta no tenía aspecto físico, por lo que no podré describirla en ese aspecto, pero era —y es— una gran hija de puta a la que odio, capaz de acabar con muchas cosas de tu vida, y no hablo solo de la comida. Hablo del estado de ánimo, de la felicidad, de las ganas de salir, de divertirte, de acudir a eventos y de todas esas cosas que comprenderás a la perfección si la has tenido el gusto de conocerla personalmente.
Pues eso, que apareció. Lo hizo de vez en cuando y de manera descontrolada. Si mi amiga fulanita hacia una dieta milagro para quitarse una pequeña lorza que desfiguraba su nuevo vestido, yo me apuntaba y la acompañaba en el sentimiento. Ale, tres kilazos fuera y tan contenta. Aunque poco más tarde venían dos que, por aquellos entonces, yo no achacaba a ese régimen. Después, la dieta de la X (insértese en esa x cualquiera que hayas probado: la de la piña, la de la sandía, la de la manzana, la de la alcachofa y hasta la del higo de tu prima hermana). Esta se basaba en desayunar, almorzar, merendar, cenar y soñar con la fruta citada hasta que te diera fatiga y, de vez en cuando podías deleitarte con un yogur con menos sabor que la suela de un zapato nuevo y algún filetito de pollo. De esos bien hechos con una gota de aceite restregada en la sartén y sequitos cual corcho a la intemperie. Ya hablaremos también de estos últimos que, unidos a mi colega la Lechuga, han pasado más tiempo conmigo que mi novio.
Después de la dieta de la fruta, cayeron en mis manos unas doscientas cincuenta y tres mil hojitas de dietas diferentes (qué feo está presentarme diciendo que he pesado ciento veinte kilos y no informarte de que soy andaluza, por lo que los términos numéricos y cualquier medida en general ascenderá, probablemente variando un poco de la realidad).  Pues bien, aquel puñado de folios con una sentencia de muerte escrita pasaba de una a otra sin miramientos.
«A mí me ha ido estupenda».
«Yo he perdido tres kilos en dos días».
«Yo no he perdido peso, pero sí volumen».
Esta última siempre la pronunciamos fruto de la desesperación que causa no ver esa báscula bajar. Ains, Báscula Transparente de la Habitación, cuánto te he odiado también.
Había de todo, por ejemplo, aquellas hipercalóricas que oscilaban desde las setecientas hasta las mil quinientas calorías. Para quien nunca haya realizado ninguna y os podáis imaginar lo que son setecientas míseras calorías, pensar en un plato de diseño de esos que se llevan ahora en los restaurantes de postín y en el que nada más se ve cerámica, pero compuesto de cosas muy verdes e insípidas que te gusten poco. Y aquí juro que no estoy exagerando.
También estaba la dieta Dukan (¡ay, Pierre Dukan de los cojones, cómo te odio!). Este señor creó una dieta de cuatro fases basada en la ingesta de proteínas a la que poco a poco le vas añadiendo frutas y verduras. Si piensas que jamás de los jamases echarás de menos comer verde, estate unas semanitas a ternera, pescado a la plancha y huevos duros, y ya me cuentas. Pues me fue genial, y le decía a todo el mundo lo genial que me iba, porque a nadie le iba tan tan genial como a mí. Perdía peso, me hacía analíticas y no pasaba tanta hambre como otras veces en las que había tenido ganas de pegarle un bocado a la puerta. Perdí catorce kilazos. Y mi madre el sueldo de seis meses en los alimentos Dukan, que el tío tenía su propia línea y todo, no te creas, llenando estanterías gigantes de cualquier supermercado con la portada de su libro y la foto del doctor creador todo sonriente.
Las cuatro fases eran:
1)   Fase de ataque: Epiléptico que te va a dar del hambre que vas a pasar.
2) Fase de crucero: A los que se fue el doctor Pierre Dukan con los euros que nos había sacado a las desesperadas por perder kilos. Normal que sonriera en la foto.
3)    Fase de consolidación: La encargada de acostumbrar a tu cuerpo para no sufrir el efecto rebote.
4)   Fase de estabilización o mantenimiento: En la que el colega Pierre te suelta «Esta etapa es la más importante para el éxito de todo el programa ya que la duración es para el resto de la vida».
Por favor, desde aquí hago un llamamiento a todos los panolis que, como yo, se creyeron las palabras de este señor. Vayamos a buscarlo y enseñémosle lo que es llevar una escayola toda la vida, a ver si él la aguanta. Os dejo que elijáis el lugar. Lo mismo me da una pierna que un brazo.
Ahora en serio, cuidado con el llamado mantenimiento. Seamos sinceros y veámos las cosas con perspectiva: Nadie es capaz de estar toda su vida a dieta estricta. Nadie. Porque uno de los placeres más grande de esta vida es comer, y una de las costumbres más bonitas del ser humano es la de pecar y pasárnoslo todo por el forro.
Algo muy importante que aprendí durante mi proceso de cambio fue a eliminar de manera radical la palabra «dieta» y concienciarme en que lo que tenía que hacer era un cambio en mi alimentación, en mi forma de vida. No es fácil, para qué mentir, pero no imposible. Y todo está en nuestra cabeza, y no en nuestro estómago. Como curiosidad, os sorprenderá saber qué tamaño tenía el mío con 120 kilos. Venga, esto también te lo cuento un poco más adelante, cuando llegue a eso.
Foto de una mujer más falsa que una moneda de tres euros,
rechazando la hamburguesa con una sonrisa.

Y para terminar con el inmenso listado de dietas, mencionaré algunas más, seguramente conocidas, como cualquiera de hidratos, de verduras, de caldos de verduras imbebibles, de embutidos a espuertas —pero solo comiendo embutido y bebiendo agua— y millones de barbaridades más a las que sometemos a nuestro cuerpo de manera constante, sin apreciarlo. Pues bien, todo ese cúmulo de abstinencias alimenticias sin control, de tráfico de papelitos con regímenes escritos, fueron las que me llevaron, entre otras cosas, a subir de manera vertiginosa a los ciento veinte kilos en solo cinco años.
Cinco años de dietas (ahora guiadas), ejercicio, hambre y, por supuesto, mucho cansancio, tirando todo mi esfuerzo a la basura una y otra vez sin importarme lo que hubiera conseguido.

Si te parece, después de haber hablado un poco de mí y de Dieta, seguimos en el próximo, enfrentándonos a la realidad del espejo y presentándote a mis colegas Filete de Pollo y Lechuga, aunque seguro que ya los conoces.

¿Nos leemos en el próximo?
¡Gracias por haber llegado hasta aquí! 😘



5 comentarios:

  1. Muchas gracias por compartirlo con nosotras..... Esperando al próximo!

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  2. Lo has escrito como si fuera yo la protagonista. Menos los kilos, que no se cuanto peso, porque se que si me subo a una báscula me dará el yuyu. Me gustado mucho, esperando el próximo

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  3. Me ha gustado mucjo y espero la próxima entrgae (como los capítulos de una novela).

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  4. Gracias por comparti, ahora a esperar el próximo capitulo de tu experiencia personal

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