Hay dos verdades
indiscutibles en la lista de Verdades De Los Gordos: Ni tenemos derecho a
vestirnos y somos un negocio muy factible. Os hablaré de ambas simultáneamente,
porque una tiene mucho que ver con la otra.
Ya nos estamos
acostumbrando a pasear por las tiendas viendo secciones de tallas especiales,
pero hace unos años no todo era color y felicidad, sobre todo color. Encontrar
una tienda que ofreciera dichas tallas era un calvario. Comprar ropa, de hecho,
era un jodido calvario. Qué gracia me hacía cuando mis amigas disfrutaban de
una tarde intensa y superdivertida de compras y me soltaban: «No entiendo por
qué no te vienes, eres la única mujer del mundo que conozco a la que no le
gusta comprarse ropa».
Eso es porque solo
conoces a una gorda en el mundo, ya te lo digo yo.
A ver, chica impresionada,
te cuento así, brevemente, por qué puede ser que no disfrute como tú, señorita
Talla Treinta y ocho, de una tarde de shopping.
Empezaré por ese momento en el que, después de entrar en doce tiendas,
encuentro una que en doscientos metros de local tiene una sección de tres
metros de tallas especiales. Inciso preciso: Especial tiene que ser tu sueldo
para comprarte cuatro prendas en una misma tarde sin tener que haber entregado
a cambio un riñón en buen estado. Pues eso, que entro allí, enfilo unos pantalones
elásticos de talle alto que me hacen los ojos chiribitas y mi corazón tiembla
de emoción porque esos leggins recogerán un poco mi mondongo, evitando que se
me salga por encima de la cinturilla, revelándose en contra de su propia dueña.
Pero mi velocidad disminuye, mis pies se van frenando y mis ojos dejan de
brilla. La felicidad se evapora de manera veloz, pues me he equivocado y esto
es la sección de premamá. Bien, media vuelta y busquemos la tienda número
trece.
La encuentro. Hago la
ola, la croqueta por el suelo, lloro un poco de emoción y el brillo vuelve a
mis ojos (todo esto mentalmente, claro). Aquí sí que sí, hay ropa de mi talla. Aunque
la sección consta de metro y medio cuadrado y seis percheros. Ya me extrañaba a
mí que hubiera tantos gordos en el mundo como mujeres embarazas para otorgarnos
el privilegio de poder elegir entre un puñado de prendas. La croqueta vuelve a
su lugar y dejo de celebrar. Ojeo los seis percheros de vaqueros elásticos,
blusas negras y vestido oscuro, largo, entablillado y con el vuelo de unas
enaguas de camilla. Como tampoco hay mucho para elegir, me pillo uno de cada
(ya veré después en las pruebas pertinentes si mi riñón es apto para el
intercambio), enfilo el probador, allí al final del todo, y camino con paso
decidido. No por ganas, sino por terminar con la tortura lo antes posible.
Quieta parada, señorita
Talla Treinta y ocho, y no dejes de leer que aquí viene lo divertido.
![]() |
| Bienvenidos al infierno |
Penetro en el interior de
ese habitáculo reducido en el que no me cabe el culo, en el que solo hay dos
percheros y un taburete de madera para que tu acompañante se siente a esperar.
Lo siento, parece ser que a mi acompañante me lo he comido, no cabe. Miro hacia
arriba, hacia abajo, hacia el espejo, cojo aire y suspiro fuerte. Me quito la
ropa mientras el culo me está dando en el taburete y la frente está apoyada en
el cristal. Añadamos la bonita sensación de que la mierda de cortina no cierra
del todo por ninguno de sus dos extremos y alguien podría estar descojonándose
con la escena desde fuera. Pues bien, tras haber dejado allí más ADN que
tocando un timbre, consigo quitarme la ropa y los zapatos y, tras ello, sujeto
el nuevo pantalón, lo miro y suspiro otra vez. Aquí, la primera gota de sudor
ha brotado de mi frente y se asoma sigilosa, pidiéndome que me aligere, porque
pronto vendrán sus compañeras dispuestas a echar una carrera. Un pie, otro pie
y a subir el pantalón. Pero no como cualquiera se lo subiría ni como esas
chicas gorditas de los anuncios que sonríen, no. Te lo subes como quien se está
poniendo unas medias porque, si no es así, de los mulos para arriba no hay nada
que hacer y ese pantalón se puede quedar ahí de por vida. Y yo no salgo de aquí
con el pantalón a medio poner, sudando como un cerdo, colorada como una señal
de stop y andando como un pingüino ni
aunque me maten. Así que subes. Subes... Subes... Resbala poco porque el sudor
es un hijo de perra que no lo deja avanzar. Subes… Subes un poco más… Cuidado
aquí, que lo has subido más de una pierna que de la otra. Igualas… Igualas…
Subes... Subes… ¡Subido!
Sueltas aire, sonríes, te
secas el sudor de la frente (que ya no hay solo una gota, la carrera ha
comenzado y terminado tres veces), suspiras otra vez, levantas la cabeza y te
miras en el espejo. La sonrisa se borra de repente de tu cara porque te das
cuenta de que, sí, muy bien, has conseguido ponerle unos pantalones a una
campana, pero No. Dejas. De. Ser. Una. Jodida. Campana.
Su puta madre.
Menos mal que después te
pruebas esa blusa negra, anchita y finita que te soluciona la vida.
Bien. Esto me lo quedo.
Rebobinemos y volvamos a
la primera fase, donde tenemos que quitarnos la ropa de nuevo, solo que esta
vez se te ha salido un poco el culo a través de la cortina al agacharte y le
has pedido perdón a la que pasaba por detrás tranquilamente.
Vayamos con el vestido,
que es más feo que pegarle a un padre con un calcetín sucio, pero no hay más
remedio porque no hay donde elegir. Resumiré diciendo que, una vez puesto, si
me quitas la cabeza podemos comer todos juntos sobre la mesa del comedor. La
mesa soy yo.
Solo puedes salir de ese
probador con la sensación de que te hacía sudar hasta la bombilla del techo y
dándole las gracias al fabricante por no haberle plantado unas rallas
horizontales al vestido. Ah, y aprendiendo que el taburete no está ahí para el
acompañante, si no para sentarte a descansar tras la larga jornada laboral a la
que has sido sometida.
Nos dirigimos al
mostrador, donde tus amigas hablan del top
hipermegaguay que se han comprado por tres euros, la falda de cuero de ocho, el
vestido con complejo de condón de doce y los taconazos en oferta. Tú te tragas
tus opiniones para ti, con miedo de que te engorden, y unas cuantas de lágrimas
que están ahí, acumuladas, al igual que el nudo de la garganta. Te mantienes en
silencio, esperando tu turno. Y esa amable dependienta te dice con una sonrisa
que son cincuenta y tres con veinte, y que si tienes tarjeta de puntos. Puntos
los que te van a coser en urgencia a ti, del tortazo que te daba. ¿Más de
cincuenta pelotes por unas mallas, una blusa de tela de papel de fumar y un
vestido más feo que un pie sin uñas? Pues sí, porque estás gorda, y los gordos
no tienen derecho a vestirse, ni a hacerlo con colores alegres, ni a elegir ni
a tener el sueldo medio. Y date con un canto en los dientes, repito, que ese
vestido de mierda no tenía rallas horizontales.
Está más que decidido,
esa noche comienzas la dieta.
Otra vez.
Y aquí aparecen los
personajes secundarios de toda novela, que tienen la misma o más importancia
que el principal. Porque después de la tortura de un día de compras, tú no
empiezas la dieta de cualquier manera. Tú empiezas duro. Con ganas. Y aquí
están, ahora sí que sí, Filete de Pollo y Lechuga.
![]() |
| Foto preciosa que nada tiene que ver con ese plato de tres hojas verdes y ese filete triste y desamparado que tú te comes |
Dicen que no se conoce a
una persona hasta que pasas muchas muchas horas con ella. Con los alimentos
tiene que ser parecido. Hubo una vez, hace mucho tiempo atrás (cuando estaba
delgada), que cenaba fuera de casa y me pedía una pechuguita de pollo a la
plancha con ensalada. Tranquila, yo también me odio por ello. Hubo una vez,
también hace mucho tiempo, que decía que las lentejas eran un asco, y los
garbanzos, y la pringue, y el jamón de pata negra, porque me raspaba la
garganta. Tranquila, yo también sé que soy gilipollas. ¿Quién me iba a decir a
mí que iba a llorar por un plato de chícharos a las tres de la mañana o que iba
a repudiar a Filete de Pollo? Pues sí, ocurrió. Pero no veamos solo el lado
negativo de las cosas porque, seamos sinceras, todo esto nos ha ayudado a
desarrollar nuestra imaginación y facultades culinarias. Nos ponemos a
contarnos recetas las unas a las otras y tenemos para hacer un libro basado en
el pollo, sus beneficios y las maneras de combinarlo. Y ensaladas, que te sabes
más que un recetario. ¿Y quién no se ha aliñado esa lechuguita añadiéndole un
poquito de atún (en aceite vegetal, por supuesto), un huevo duro, maíz (que es
dulce, pero que por un poquito no pasa nada), zanahoria, un poquito de jamón
york, tomate, pepino, cebolla, taquitos de queso fresco light, espárragos (en el caso de gustarte), pollo troceado, unas
aceitunitas y un ñu? Que al día siguiente te pesabas, habías cogido
cuatrocientos gramos y abrías la boca asustada y sorprendida, porque tú habías
cenado una lechuguita. Te bajabas desilusionada de tu báscula y mientras salías
de la habitación pensabas: «Eso es que me he pesado con una ropa diferente a la
de la última vez». Y eras más feliz, aunque supieras que el ñu había tenido
algo que ver con esa ganancia.
Y aquí viene el negocio,
porque somos un negocio, aunque suene feo y cruel decirlo. En la alimentación,
por ejemplo, porque todo lo supuestamente ligh,
lo bajo en calorías, lo reducido en azúcares es alto en presupuesto. En la
ropa, porque si quieres vestirte (no tienes bastante con que llames la atención
vestida, por lo que puedes ir en cueros para que te miren un poco más) te
tienes que dejar ahí un riñón, como si le hubieran añadido a la blusa veinte
metros de tela en vez de medio. Ah, y sin contar con que los leggins que te probaste, en la primera
puesta ya tenía ese agujerito de desgaste entre las piernas, concretamente en
la zona de los muslos, que se convierte en agujerón y por el que se te sale el
pollo relleno. «Pero ¿cómo coño me lo he roto, si no me lo he puesto? ¿Y cómo
le han salido pelotillas si ni lo he lavado?». Pues sí. ¿Y qué haces para
evitarlo? Irte a un médico, a un nutricionista, a un endocrino…, porque a tu
vecina le ha funcionado, porque necesitas perder peso, porque… Porque sabes que
pagando te obligas a cumplirlo y porque te da vergüenza coger peso y que en la
próxima consulta te riña. Chimpún. Porque todo lo que te dice este ya lo sabes,
solo que se le añade el dolor de pagarle cada vez que sales de la consulta y
encima por quitarte de comer. Qué cabrón.
¿Clonáis vacas, hacéis
aires acondicionados silenciosos, llegáis a la jodida luna, un robot te limpia
la casa, una máquina te plancha las camisas y me dices, en serio, que no puedes
hacer una jodida pizza que no
engorde?
Claro que no, no pueden
hacerlo porque los gordos no podemos desaparecer. Porque entonces desaparece el
negocio. Y menudo negocio. Porque de tu desgraciada gordura, de eso que está
jodiendo la vida, comen los «profesionales», los diseñadores, las fábricas
alimenticias, el de las revistas de recetas, el que inventa las dietas y
doscientos millones más a los que no les importa tu salud, tu bienestar ni lo
que sientes al mirarte al espejo.
Y ya que tanto ganan a
nuestra costa, digo yo que podíamos aumentar el listado y hacer rico al que
tenga la genial idea de hacer los probadores de ropa un poco más espacioso. Y los
sillones y cinturones de los aviones. Gracias.
Teniendo en cuenta que
termino este post muy cabreada y tecleando cual apisonadora sobre mi portátil,
me despido hasta el siguiente. Pero no sin antes dar las gracias a todos los que habéis comenzado a leerme. ¡Ha sido una sorpresa que haya tenido tantas visitas!
Y tampoco sin preguntaros a los que manejáis esto de los blog, dónde está la opción de seguir, que me lo preguntan a mí y no tengo ni idea.😂
Sin más, desearos una feliz semana.


Hola, Noelia. Nos conocimos en un evento literario el año pasado. Me encanta el blog. Ahora mismo estoy frustrada con la dieta así que te leo con atención. Gracias por escribirlo.
ResponderEliminar