Todas
las historias cuentan con un amor platónico. Todas. Pero no del que hablaba Platón,
de esa motivación filosófica que busca encontrar la belleza en todos los
sentidos, no. Hablo del amor platónico nuestro, el de calle, el que conocemos
por imposible, el que dicen tener los jóvenes pero que realmente tenemos todos. Y hay que ponerse serios, porque la ocasión lo requiere.
El mío, durante más de cinco años, fui yo. Una imagen de mí misma que no existía frente a un espejo al que odiaba. Mi amor platónico tenía mi misma cara pero sin papada, el vientre liso, el pecho terso y estaba cubierto por ropa barata, encontrada en cualquier mesa plegable de mercadillo. Sí, barata. De un euro, de dos, de tres… Yo no quería un vestido ni unos zapatos caros. Quería no llorar después de ir de compras, no tener que gastarme treinta euros en una blusa fea, ancha y negra que aborrecería cada vez que me pusiera, o poder aguantar más de una hora los zapatos nuevos que llevaba en la caja. Sin contar con probarme algo con lo que al ponerme un collar no pareciera un árbol de Navidad (aprovechemos los ejemplos de la época, ya que mi perra se ha comido mis luces de Navidad y vivo sin adornos). Así que una vez, durante la tortura de una de esas dietas de la que hablábamos en el primer capítulo de este blog, me decidí a escuchar un CD de autoayuda para perder de peso y animarme a seguir. Ya sabéis, esas cosas que se hacen cuando se está desesperada.
El mío, durante más de cinco años, fui yo. Una imagen de mí misma que no existía frente a un espejo al que odiaba. Mi amor platónico tenía mi misma cara pero sin papada, el vientre liso, el pecho terso y estaba cubierto por ropa barata, encontrada en cualquier mesa plegable de mercadillo. Sí, barata. De un euro, de dos, de tres… Yo no quería un vestido ni unos zapatos caros. Quería no llorar después de ir de compras, no tener que gastarme treinta euros en una blusa fea, ancha y negra que aborrecería cada vez que me pusiera, o poder aguantar más de una hora los zapatos nuevos que llevaba en la caja. Sin contar con probarme algo con lo que al ponerme un collar no pareciera un árbol de Navidad (aprovechemos los ejemplos de la época, ya que mi perra se ha comido mis luces de Navidad y vivo sin adornos). Así que una vez, durante la tortura de una de esas dietas de la que hablábamos en el primer capítulo de este blog, me decidí a escuchar un CD de autoayuda para perder de peso y animarme a seguir. Ya sabéis, esas cosas que se hacen cuando se está desesperada.
Recuerdo
preparar el ordenador, darle al play,
tumbarme en el sofá y cerrar los ojos mientras una voz masculina decía que
tenía que imaginarme con todas mis fuerzas el reflejo que quería encontrar al
mirarme en el espejo. No me hizo falta fuerza, porque a los amores platónicos los
podemos visualizar con facilidad, así que yo al mío lo vi con rapidez. Llevaba
un pantalón vaquero, una camiseta de color rosa y unas zapatillas de deporte. Supe
que toda aquella ropa era muy barata, a pesar de ser solo una ilusión. No me importó,
porque el reflejo me devolvía una sonrisa de felicidad, y aquello no tenía
precio.
Si
estás aquí, probablemente es porque odias tu espejo, a pesar de mirarte poco
en él. Porque tienes, como yo, ese amor platónico que crees imposible y, porque
dentro de ti, a pesar de la negación, del cansancio y del esfuerzo, sabes que
es posible conseguirlo. Te diré algo: No todos los amores platónicos quedaron siendo eso,
platónicos, y se convirtieron en realidad.
Yo lo conocí. Costó, pero lo conocí. Lo vi un día al otro lado del espejo. Me costó creer que era él, pero entiéndeme, llevaba muchos años soñando con aquel encuentro.
Vestía un pantalón vaquero, una camiseta de color rosa y unas zapatillas de deporte. La ropa era barata. No recuerdo muy bien cuánto costaban los vaqueros, pero sé con certeza que la camiseta solo un euro. Uno. Y también recuerdo perfectamente que el conjunto en sí no tenía precio, porque el reflejo me devolvió una sonrisa de felicidad.
Aquel día estuve mucho rato contemplándolo, y hoy en día me obligo a hacerlo. Sigo odiando los espejos, evitándolos, y sigo sentándome en las sillas con cuidado de no romperlas, porque es mi mente quien me dice que peso ciento veinte kilos y no sesenta y tres. Pero aunque no me lleve bien con los espejos, me exijo a mí misma plantarme frente a él y mirar ese reflejo. A veces vestido y otras desnudo, y no siempre es feliz. No lo es porque el ser humano suele apreciar lo que le falta o lo que le sobra, pero no lo que consigue. Porque veo que estoy blandita de aquí, caída de allí… Y no aprecio un camino de sudor, de esfuerzo, que me han llevado a lo que soy. Por eso, también, me obligo en ocasiones a reflexionar cada paso que he dado.
Yo lo conocí. Costó, pero lo conocí. Lo vi un día al otro lado del espejo. Me costó creer que era él, pero entiéndeme, llevaba muchos años soñando con aquel encuentro.
Vestía un pantalón vaquero, una camiseta de color rosa y unas zapatillas de deporte. La ropa era barata. No recuerdo muy bien cuánto costaban los vaqueros, pero sé con certeza que la camiseta solo un euro. Uno. Y también recuerdo perfectamente que el conjunto en sí no tenía precio, porque el reflejo me devolvió una sonrisa de felicidad.
Aquel día estuve mucho rato contemplándolo, y hoy en día me obligo a hacerlo. Sigo odiando los espejos, evitándolos, y sigo sentándome en las sillas con cuidado de no romperlas, porque es mi mente quien me dice que peso ciento veinte kilos y no sesenta y tres. Pero aunque no me lleve bien con los espejos, me exijo a mí misma plantarme frente a él y mirar ese reflejo. A veces vestido y otras desnudo, y no siempre es feliz. No lo es porque el ser humano suele apreciar lo que le falta o lo que le sobra, pero no lo que consigue. Porque veo que estoy blandita de aquí, caída de allí… Y no aprecio un camino de sudor, de esfuerzo, que me han llevado a lo que soy. Por eso, también, me obligo en ocasiones a reflexionar cada paso que he dado.
No,
mi reflejo no siempre lleva ropa de un euro ni devuelve sonrisas. No siempre lo
quiero y, créeme, llevo dos años a su lado y todavía no estoy enamorada completamente
de él. Es irónico, porque es un amor platónico y a los amores se les quiere.
Pero seamos realistas, no todo es el amor. La convivencia es complicada y hacer mudanza de
complejos más todavía.
Así
que no estoy aquí para escribirte dos frases motivadoras que te digan que tú
puedes ser feliz como eres. Porque odio, y lo hago de manera intensa, que me
digan —o dijeran— que tienes que amarte tal cual, que los kilos no importan,
que lo importante eres tú, tu interior, tus habilidades y tus virtudes. Que si los pierdes sea por salud, no por físico.
Odio que lo digan porque es fácil abrir la boca, pero no tanto cerrarla. Porque es difícil quererte si no te quieren. Porque vivimos en una
sociedad de mierda que señala al gordo, y no se le acerca en la discoteca, no
lo contrata en una tienda cara al público o no ve más allá de su apariencia.
Que pocos se comen un bombón sin leer el envoltorio o coge un libro al azar sin mirar su portada, solo para descubrir qué hay dentro. Que tú también has mirado a esa persona que salía del mar con «carnes de más» y le has dado un codazo al de al lado para que lo viera. Que todos hemos atacado a alguien por un defecto físico y nos hemos enamorado de una cara y no de un corazón bonito.
Que pocos se comen un bombón sin leer el envoltorio o coge un libro al azar sin mirar su portada, solo para descubrir qué hay dentro. Que tú también has mirado a esa persona que salía del mar con «carnes de más» y le has dado un codazo al de al lado para que lo viera. Que todos hemos atacado a alguien por un defecto físico y nos hemos enamorado de una cara y no de un corazón bonito.
Hoy vengo a que nos pongamos en el otro lado, en el del egoísta y no la
víctima, y también para decirte que solo serás feliz tal cual si es tal cual
como quieres estar. Que serás feliz en la oficina si te gusta perderte entre
facturas, pero no si lloras al verlas sobre la mesa una y otras vez. No si tu sueño es volar.
Así que el siguiente capítulo será el verdadero comienzo de la historia, en el, tras varios secundarios, aparece el protagonista. Un protagonista que pasará por altibajos, por arenas movedizas y al final volará si es con lo que sueña de verdad. Porque en nuestra dosis de realidad de hoy te diré que hay una parte de ti, quizá muy oculta y que no todos saben reconocer, que no quiere el cambio. Que le asusta. Da miedo porque es duro, y no nos gustan las cosas duras que conllevan un esfuerzo mayoritario. Así que mi objetivo, entre letras, risas y a veces realidad, es encontrar ese hueco que lo esconde y que podamos arrancarlo juntos.
Así que el siguiente capítulo será el verdadero comienzo de la historia, en el, tras varios secundarios, aparece el protagonista. Un protagonista que pasará por altibajos, por arenas movedizas y al final volará si es con lo que sueña de verdad. Porque en nuestra dosis de realidad de hoy te diré que hay una parte de ti, quizá muy oculta y que no todos saben reconocer, que no quiere el cambio. Que le asusta. Da miedo porque es duro, y no nos gustan las cosas duras que conllevan un esfuerzo mayoritario. Así que mi objetivo, entre letras, risas y a veces realidad, es encontrar ese hueco que lo esconde y que podamos arrancarlo juntos.
Prepárate
para el siguiente capítulo, porque a lo mejor, a través de mi cambio, vas a
conocerte a ti mismo. Y quién sabe, lo mismo conseguimos mirarnos al espejo y que el reflejo nos devuelve una sonrisa de felicidad.
A lo mejor conocemos a nuestro propio amor platónico.
A lo mejor conocemos a nuestro propio amor platónico.
Paso
muy rápido, una semana tarde, sin repasar el texto y volando volando con la
promesa de no ponernos serios en el siguiente capítulo.
También para decir que, aprovechando que hablo de este tema con personas de todas partes, he pensado en ir recopilando recetas bajas en calorías, tabla de ejercicios, consejos saludables que me van contando o cualquier cosa que nos pueda ayudar entre nosotros mismos.
Y como pronto empezamos con todos estos temas, si quieres dejarme la tuya, puedes hacerlo al correo electrónico nmedina94@hotmail.com
Gordiconsejo: Mírate, mírate mucho y ve sacando todas esas cosas estupendas que tienes y que tanto te gustan de ti, porque cuando consigas que todas las demás desaparezcan, tendrás que empezar a quererlas mucho.
Gordipetición: ¿Te gusta el blog? Me ayudarías compartiéndolo. A mí y a aquellos que creas que puede interesarle.
¡Feliz semana!😊
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